lunes, 22 de noviembre de 2010

UN VIEJO CON ALAS

Este viejo sin alas que todos llevamos dentro

María Bonilla

Antonio es un hombre viejo encerrado en un sanatorio para enfermos mentales, con unas alas hechas de las hojas caídas de los árboles y de las plumas de palomas reales e imaginarias, con las que quiere volar.

Antonio quiere volar porque es un campesino encerrado que quiere salir para volver a respirar el aire de sus montañas.

Pero ¿cómo se sale de donde no se puede salir?

Antonio es un padre que vio morir ahogada en el río a su única hija, y como todos aquellos que guardamos una o más muertes en el cuerpo y en el corazón, Antonio vive con la presencia constante y cotidiana de la muerte.

Pero ¿cómo se vive con la muerte sentada al lado?

Antonio tiene muchas razones para querer salir: despedirse de su hija, enterrarla y así seguir haciéndose cargo de todo lo que quedó manga por hombro, su vida.

Pero ¿cómo se hace el duelo de un cuerpo que no hemos podido enterrar?

Y sin ese duelo, ¿cómo se hace uno cargo de la vida que queda?

Antonio sabe que el Proyecto Hidroeléctrico Linda Vista quiere inundar su pueblo, su ermita, sus casas, la escuela, los cafetales y el trapiche, la piedra del indio, todo... y sabe que tiene que salir para intentar salvar a este pueblo, porque salvándolo, se salva a sí mismo.

Pero ¿cómo salva un hombre viejo, encerrado y con una muerte en el corazón, a un pueblo?

La Lola Flores llora cantando, al fondo, la muerte de otro hijo.

La terapia del sanatorio pone a los pacientes a hacer artes manuales como parte de su mejoramiento emocional y espiritual.

¿Pero cómo se mejora un pueblo cuyo Estado, a pesar de la reciente excitativa de la UNESCO sobre la importancia de la educación artística en escuelas y colegios, no solo elimina desde 1960 el teatro como materia, sino que para impartir inglés y computación, toma las plazas de artes plásticas y musicales para ello?

El Doctor mira a los pacientes de su sanatorio, pero no los ve, son cuadros clínicos patéticos: el Interno Enciclopedia, que tiene el saber de los libros, aunque no baste, Sansón, que tartamudea, la Lola, cuya abuela fue víctima de violencia doméstica.

El dolor de los seres humanos produce cuadros clínicos patéticos a quienes miran, aunque no quieran ni puedan ver.

Porque ¿cómo ver el dolor humano desgarrador, profundo, que nos hace despegarnos de una realidad ingrata, injusta, inhumana?

¿Cómo vive un ser humano en un mundo inhumano?

Helena es mujer por nacimiento, enfermera de profesión.

Helena no sabe si Antonio está loco. Tampoco sabe quién tiene razón.

Helena no sabe quién es.

Pero Helena sabe que el hecho de que los pacientes no caminen, no se muevan y no piensen, no significa que estén curados.

Y como es cuidadora de almas por vocación, se da el chance de soñar, de ver con el corazón y acercarse a lo imposible.

El Doctor y los guardas del sanatorio queman las alas de los internos en el fuego de un estañón, en el patio, en una estampa igual a la que Miguel de Unamuno vio, en la guerra civil española, cuando la Guardia Civil caminera de García Lorca, quemó los libros en una pira frente a la Universidad de Salamanca, igual a la que vio Helga Schneider cuando las Juventudes Hitlerianas quemaron libros en las calles de Berlín, igual a la que vio Víctor Jara cuando el ejército chileno los quemó en las calles de Santiago, igual a la que Benedetti vio en Montevideo y Dragún en Buenos Aires.

Escenas de guerra, de estado de sitio, de horror, intolerancia e irrespeto.

El poder quema las alas como quema los libros: porque tiene miedo. Le teme a la diferencia, a la otredad, a la mezcla de realidad y fantasía, a la que considera una bomba de tiempo.

Quema las alas como quema los libros e inunda pueblos: por ejercicio de poder, por apoderarse del otro, por creer que posee la única verdad posible, por ambición, por codicia.

El poder mira a los seres humanos como cuadros clínicos a los que hay que mantener encerrados en sanatorios con alambres de púa.

Y los seres humanos nos transformamos en bombas de tiempo cuando estamos encerrados, cuando tenemos la muerte en el cuerpo y en el corazón, cuando el dolor nos desgarra, cuando vivimos en lo inhumano, perdidos en plazas rosadas de represión y censura.

¿De qué nos habla Melvin Méndez en Un viejo con alas?

Nos habla de que cada uno de nosotros, en algún momento incierto de nuestras vidas, ha sido un Antonio encerrado en algún manicomio, recogiendo inútiles hojas y plumas, soñando con unas alas que nos saquen de allí.

Nos habla de que cada uno de nosotros ha sido un Antonio necesitado de ir a enterrar un muerto para poder seguir adelante.

De que cada uno de nosotros ha visto cómo el poder quema nuestras alas en el fuego de la intolerancia.

De que cada uno de nosotros, como Helena, puede aprender a ser persona, a ser humano y a ser responsable, vinculándose con su comunidad, su historia y su época.

De que cada uno de nosotros, en este preciso momento, ante Crucitas, ante el TLC o ante la construcción fallida de carreteras y puentes, sabe que debe defender un pueblo de ser destruído por compañías estatales y transnacionales.

De que cada uno de nosotros, como Antonio, como Helena, como la Lola Flores, como Matarrita, tiene una vida que vivir.

Antonio lucha porque cree que no se puede construir el futuro ahogando el pasado.

En este momento en que una buena parte del mundo y Costa Rica entre los ejemplos más dolorosos, se inunda un año y se seca el siguiente, testimonios del abuso en el ejercicio del poder de los seres humanos contra la Naturaleza, Un viejo con alas nos interroga desde la escena: ¿por qué luchamos nosotros? ¿En qué creemos nosotros?

Antonio sabe quién es él.

En este momento y frente a la globalización y la incursión de las transnacionales en nuestra vida, Un viejo con alas nos interroga sobre la identidad: ¿quiénes somos nosotros?, ¿quién soy yo?

Antonio sabe hasta dónde quiere volar, porque conoce el tamaño de su libertad.

En este momento de emergencias nacionales, cuando el Estado muestra su rostro más inoperante, cuando las bodegas de la Comisión Nacional de Emergencia se incendian un día después de los desastres, cuando no sabemos dónde van nuestros dineros, manifestaciones de nuestra solidaridad de hermanos en desgracia, cuando se promueven leyes que eliminan el poco incentivo del Estado hacia los trabajadores del teatro, los Premios Nacionales, ignorando el verdadero problema de estos premios, que es la irresponsabilidad de los jurados, Un viejo con alas nos interroga desde la escena: ¿sabemos nosotros qué queremos hacer?, ¿conocemos nosotros el tamaño de nuestra libertad?

Y finalmente, Un viejo con alas se atreve a plantearnos una pregunta capital: ¿será posible que el que quiere, puede? ¿Será verdad que el que quiere volar, puede volar o el estrellarse contra el suelo desde tres metros de altura, a pesar de querer volar con el alma, es tan sólo uno de los límites del principio de la realidad?

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